Tim Guénard: todo lo que necesitas es amor, de Laura Ventura

Publicat a La Nación el 8 de Juliol de 2012. Text original

Sufrió múltiples formas de violencia, se reinventó a sí mismo y contó su historia en una biografía que es best seller en Francia. “Mi vida está magullada como mi cara”, dice este hombre convertido en ejemplo del poder sanador del perdón.

Es un sobreviviente. Un peregrino. Un luchador. Y, también, Tim Guénard es el hombre detrás de un éxito. Es el autor del best seller Más fuerte que el odio (Gedisa), que sólo en Francia vendió más de 300.000 ejemplares. También esculpe gárgolas en piedra y es apicultor. Pero la gloria no está en las ventas de este crudo relato en primera persona sobre su infancia y adolescencia, ni en el arte que crea ni en el negocio con el que mantiene a su familia. Este campeón nacional de boxeo logró enfrentarse contra sus demonios más poderosos e imponerse contra su principal rival. La batalla la ganó en su propia vida, torció su destino y le dedicó al contrincante derrotado su libro.

Dialoga telefónicamente con LNR desde su casa, en Lourdes, Francia, poco después de la hora de la cena. Se escuchan risas, voces de niños y el traslado de platos desde la mesa hacia la cocina. Se lo escucha pausado y sereno en medio del caos de un hogar multitudinario, aquel sitio que construyó y con el que siempre soñó. Hoy, a los 50 años, está casado, tiene 4 hijos, 5 nietos y vela por el cuidado de varias personas con discapacidades mentales, a quienes alberga en su casa.

¿Qué es aquello más fuerte que el odio? “El perdón. La sed de venganza y el rencor te mantienen vivo. Así explico cómo pude sobrevivir a tantos años de desamor y desamparo. El odio es un motor poderoso en el alma del hombre, pero el perdón lo es más aún, y no destruye.” Luchador. Guénard, un hombre que combatió con dureza a sus demonios.

Niño con cara de adulto

Guénard no predica, comparte. Habla de la libertad porque es una voz calificada para hacerlo. Conoció la cárcel, el reformatorio, el abuso, los excesos y la violencia. No es un hombre soberbio, pero admite que logró todo aquello que se propuso en la vida: escapar del correccional de menores, ser el jefe de una violenta pandilla, terminar el colegio, formar una familia y ser feliz. Consiguió todo lo que se propuso salvo un objetivo que lo guió durante muchos años: matar a su padre. Esta cuenta pendiente que quedó trunca, hoy la celebra como su mayor victoria.

“Mi vida está magullada como mi cara”, comienza su testimonio en Más fuerte que el odio. Ninguna novela del género de la picaresca puede superar la crudeza y la odisea solitaria que atravesó Philippe -Tim- Guénard desde los 3 años, cuando fue abandonado por su madre, hasta que cumplió la mayoría de edad.

“Uno de mis primeros recuerdos es la imagen de los zapatos blancos de mi madre. Se aleja por la ruta sin volver la vista atrás, sube a su auto y arranca. Estoy atado a un poste de luz. Tengo frío y pánico”, rememora. La policía encontró al pequeño y se lo entregó a su padre, alcohólico, que vivía con su segunda mujer y los cuatro hijos de esta pareja.

El niño padeció el maltrato. Su madrastra lo llamaba bastardo y lo hacía dormir en el jardín, acurrucado en la cucha de una perra, su única amiga de la infancia. Un amigo de su padre denunció los abusos a la policía y una asistente social fue a buscar al pequeño Tim para hacerle unas preguntas. Lo llevó de paseo y cuando regresó a su vivienda -nada de hogar había en esa construcción- su padre lo molió a golpes. Despertó dos días después en un hospital con 55 huesos fracturados. Allí permaneció postrado en una cama durante 3 años, un período en el que nadie fue a visitarlo y en el que la necesidad de recuperarse surgía con el reiterado sueño que lo visitaba por las noches: asesinar a su padre.

Luego comenzó un martirio que se intercaló con la sucesión de hogares de beneficencia, un intento de suicidio, estadías en orfanatos, e incluso residió en un psiquiátrico. Un juez advirtió que el niño, que por entonces tenía 8 años, no padecía ninguna enfermedad mental. “Era sencillo comprobarlo. Yo tenía la certeza de que estaba sano. Aunque fuera tan chico sabía distinguirlo. Ese juez se tomó apenas un instante en ver mi legajo y pude salir de aquel sitio que apestaba a orina”, dice sin rencor.

Otro hogar de beneficencia, el correccional nuevamente, y finalmente, a los 12 años, las calles de París, donde robó para burlar al hambre. Allí, en la coqueta capital francesa, fascinado por la Torre Eiffel, conoció el rostro más oscuro de una ciudad y del ser humano. Fue violado (“Este hecho me hiere hasta el día de hoy. Destruyó la confianza en mí mismo y cada día cargo con esas heridas”) y, luego, albergado por dos hampones que lo arrastraron al universo de los gigolós de Montparnasse: “Parecía mucho más grande de lo que era, porque había vivido varias vidas en una sola. Era un niño con cara de adulto.”

Guénard fue apresado por la policía y llevado a otro reformatorio, donde comenzó un deambular sin fin por distintos pabellones, hasta que se convirtió en el rey del sector de los reclusos más peligrosos. “Los demás chicos me temían, porque la violencia crecía cada vez con más fuerza en mí. Quería ser un héroe para ellos y el único modo que tenía de asegurarme la inmortalidad y de convertirme en mito era escapándome de allí.” Lo logró y volvió a las calles.

Hay figuras clave en la vida de Gúenard. En un mundo de sombras y ante la indiferencia de los adultos, algunos se detuvieron a mirar con detenimiento a este niño que conocía las miserias de los adultos. Una de estas personas centrales en su existencia fue un vagabundo, León, apasionado por el análisis de las noticias de los diarios, quien enseñó a leer a Guénard. También aparecen en su autobiografía algunos maestros que dedicaron una atención especial a este alumno que necesitó lecciones extras de todas las materias, ya que su única escuela había sido la calle.

Pero hay un ángel de la guarda que marcó definitivamente el destino de Guénard. Una jueza de ojos verdes. Luego de haber escapado del último reformatorio, fue detenido y llevado con ella: “Pudo ver dentro de mí. Siempre le voy a estar agradecido. Me preguntó qué quería hacer de mi vida. Y no supe responderle. Me miró fijo, como una madre mira a su hijo, y después de ver mi legajo comenzó a hablar de mi don para el arte. Fue la primera vez que alguien reconoció algo bueno en mí.” Guénard comenzó a trabajar en el taller de un escultor y se introdujo en el mundo del arte y en el de la práctica del boxeo profesional, un acto instintivo y reflejo que aprendió como modo de subsistencia en las calles y en el reformatorio. Sus demonios salían de su cuerpo, pero no se alejaban. En el rostro de cada gárgola que esculpía y en cada rival del cuadrilátero, veía el rostro de su padre.

Perdonar, sanar

“Hay personas que se limpian como si ingresaran en un lavarropas. Cuando salen, toda aquella suciedad queda fuera de sus almas.” Guénard se refiere a la conversión por la que atraviesan algunos hombres. En su caso fue una sanación. Su espíritu estaba herido.

No cree en la terapia psicoanalítica ni en las religiones, pero sí en alguien a quien llama Big Boss. La palabra padre no tiene una connotación positiva para este hombre que fue vejado por su progenitor. “El Big Boss está en todos los momentos de nuestras vidas. Camina a nuestro lado. Se alegra cuando ocurren cosas buenas y sufre cuando la desgracia nos encuentra. El me acompañó siempre”, dice.

La sanación de Guénard fue posible gracias a un amigo albañil, Jean-Marie, a quien consideraba un poco loco por sus creencias y sus largas conversaciones sobre aquello llamado fe. Este hombre pasaba sus ratos libres en una comunidad, El Arca, donde vivían personas con deficiencia mental. Un día Guénard fue a visitar a su amigo y un desconocido que padecía una enfermedad le abrió la puerta. “Sos un hombre bueno”, le dijo al incrédulo joven. Otra vez alguien se detuvo a mirarlo y Guénard sintió que esa mirada se posaba en su esencia.

Lo conmovió profundamente aquel clima de armonía, esa comunidad fundada en el amor. “Algún día me gustaría formar una familia así”, pensó, y sus visitas a aquel lugar comenzaron a ser más copiosas. Allí conoció al padre Thomas Philippe, quien lo ayudó a convertir cada golpe de su cincel y cada cross y cada gancho en una caricia. “La mano de un padre no aplasta. Abraza”, dice Guénard.

“Estaba herido y sólo quería destruir. Mi fuerza, física y emocional, estaba depositada en mi afán de matar a mi padre. Pero logré vencer aquel odio con el perdón. Poco antes de que él muriera pude perdonarlo y decírselo”, explica y se refiere de modo simultáneo a dos hijos pródigos.

Para Guénard, el verdadero perdón no consiste en decir yo te perdono, tú me perdonas, sino que consiste en muchos instantes presentes y de hacer al otro cómplice de este acto. “Busco la felicidad con mi familia, transmitiendo mi mensaje. Así llega un momento en el que has vivido más instantes presentes que instantes pasados. De este modo tu memoria se libera de sus trabas.”

En El Arca, Guénard conoció a la que sería su esposa, Martine, y a mirar a los demás, en especial a aquellos que, como él, no habían sido mirados sino ignorados: “Sólo quiero que de mí digan que soy un hombre que puede mirar al otro y que cuando muera me recuerden por haber podido aprender a hacerlo y por haber transmitido la importancia de este acto para forjar el destino de los demás.”

Hoy, Guénard vive en el sur de Francia, en la tranquilidad de la campiña francesa. Hacia Lourdes, donde está su casa, marchan muchos peregrinos que buscan ser acogidos por el Big Boss. El mismo ha sido un peregrino. Y lo seguirá siendo con su testimonio.

 La voz de la esperanza

Su autobiografía Más fuerte que el odio, traducida a 12 idiomas, es un mensaje universal sobre el perdón y sobre la vida que llevamos, en la que miramos sin ver a quien tenemos cerca, a quien camina a nuestro lado y a aquellos que son víctimas de los abusos y del abandono. Guénard admite que fue salvado gracias a quienes lograron atravesar el umbral y el prejuicio de la imagen de aquel joven conflictivo que era, y comprendieron el origen de su dolor. “Una mirada amable es tan poderosa que puede cambiar el destino de un hombre. En ella podés sanar mucho de tu autoestima herida. Todos tenemos una habilidad, por más diversa que sea, y hay seres que te ayudan a descubrirla, a confiar en vos mismo”, explica y se define a sí mismo como un ejemplo para los desesperados.

Guénard hoy mira a quien tiene a su lado y enseña a mirar. Su transformación de un joven con sed de venganza a un hombre con ansias de amar comenzó cuando por casualidad conoció El Arca [fundada por Jean Vanier a mediados de la década del sesenta], un espacio donde conviven personas con discapacidad intelectual, en un marco de cuidado y de formación que hoy tiene más de 140 comunidades distribuidas por todo el mundo. “No soy un ser religioso, pero creo en el Big Boss, así lo llamo, quien nos sana y nos conduce por el camino del amor”, dice.

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